martes, 1 de marzo de 2011

Sobre la crueldad de las corridas de toros

Yo he estado en el patio de caballos de la plaza de toros de Madrid una tarde de corrida. Yo he visto a los monosabios hundir sus manos en el sangriento vientre de los caballos para rellenar con estopas las tremendas heridas. Un incesante dolor corría por las patas de los infelices animales, y sacudían su lomo y su cola mutilada al temblor de un sufrimiento horrible. La sangre goteaba dificilmente a través de los punados de hebras enrojecidas. Después, para reanimar a la bestia moribunda, arrojaban contra ella el agua de un balde y la víctima del largo martirio volvía a vacilar bajo el peso del picador, y tornaba al ruedo.

Wenceslao Fernández Flores

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